Columnas

El Mostrador: No lograron unir a Chile

Cualquier resultado plebiscitario de menos del 70% daría un margen demasiado amplio para alentar a sectores que deseen deslegitimar las reglas. Se requiere un resultado semejante al del plebiscito de entrada. De ese tamaño es el acuerdo nacional que necesitamos.

No es necesario esperar el resultado del plebiscito. Los hechos indican que los elegidos para el segundo intento de proponernos una nueva Constitución que nos uniera como país y recompusiera en parte la desconfianza hacia la política, no lo lograron.

No se trata de adelantar categóricamente el resultado del 17 de diciembre, pero no hay que ser experto electoral para saber que las actitudes de los ciudadanos hacia el proceso son adversas hace ya meses y es complejo revertirlo a estas alturas. No se lograron los consensos políticos necesarios para proponer algo que saque a Chile del atolladero constitucional y eso es muy grave.

Una Constitución debiera estar validada por una amplia e irrefutable mayoría que no deje lugar a mayores desacuerdos sobre la bondad de las normas. Cualquier resultado plebiscitario de menos del 70% daría un margen demasiado amplio para alentar a sectores que deseen deslegitimar las reglas. Se requiere un resultado semejante al del plebiscito de entrada. De ese tamaño es el acuerdo nacional que necesitamos.

Quizás aún no hay conciencia de que tocamos fondo en la credibilidad de la política para resolver este tipo de problemas y esto puede transformarse en un hoyo negro que nos absorba hacia un mundo desconocido hasta ahora, con mayor radicalización e intolerancia (miremos lo que está sucediendo en el mundo).

Parte importante de los actores políticos siguen pensando que un sector determinado puede imponer su posición legitimado por las urnas y no han tomado nota del crecimiento del repudio hacia toda la política y lo que venga de ella. Los apoyos electorales son cada vez más circunstanciales y representan una reacción a las alternativas en juego, no las preferencias realmente deseadas por los electores. Si una opción triunfa, los favorecidos debieran intentar acercarse a los verdaderos deseos de la ciudadanía, que hoy exigen la imparcialidad de quienes asumen el poder, no la imposición unilateral de sus posiciones.

Faltó visión, faltó el patriotismo con el que tanto se hacen gárgaras y, sobre todo, faltó responsabilidad. Los consejeros interpretaron el ser responsables con no disfrazarse, no vociferar e intentar una discusión civilizada. Si bien esto fue un logro, no deja de ser secundario frente al desafío central que era alcanzar un acuerdo transversal y esto es principalmente responsabilidad de quienes tenían la mayoría: Republicanos. El resto de la derecha no tuvo coraje ni convicción para un gran acuerdo, tal vez porque en el fondo piensan igual.

La solución más razonable estaba a la mano y era aprobar sin mayor cambio ni estridencia el texto propuesto por la Comisión Experta, lo más equilibrado a lo que podíamos llegar y que tenía importantes avances en diversas materias. Pero no, la codicia política de los aspirantes al trono fue más fuerte, queriendo imponer su visión sesgada de país, lo mismo que criticaron en el proceso anterior y, al final, terminaron aprobando un texto a la medida de la derecha.

Es probable que en las próximas semanas, mientras más se conozca el contenido del texto, más se acalore el debate, empeorando la imagen del proceso y aumentando las posiciones “En contra”. Lo bueno de todo esto es que la Comisión Experta mostró un camino viable que algunos no apreciamos en su momento, el problema es que continuar en esa vía para alcanzar una salida al atolladero constitucional requiere una alta dosis de confianza y paciencia ciudadana, que ya prácticamente se agotó.

Salir del problema constitucional implica pensar nuevas fórmulas para recuperar la confianza de la ciudadanía en la capacidad de la política para resolverlo, de lo contrario, aparecerán fórmulas antisistema muy peligrosas.