Columnas

América Latina en las fauces de las ultraderechas y el trumpismo*

Por Jaime Ensignia

Un panorama general de la América Latina del siglo XXI

En los hechos, desde hace décadas el continente latinoamericano se analiza como un escenario sombrío frente a las profundas y agudas necesidades de su población: la galopante inseguridad, el constante avance del narcotráfico y la expansión del crimen organizado, que ya controla áreas significativas en diversas ciudades de la región. A esto se suma la creciente corrupción enquistada en las estructuras del Estado. Por otro lado, el crecimiento económico constituye un gran pendiente de los últimos años; ni los gobiernos de centroizquierda e izquierda, ni los de centroderecha o derecha radical han logrado resolver el incremento del desempleo y la expansión exponencial del trabajo informal. A este complejo panorama se añade la dramática crisis migratoria que impacta a múltiples naciones del continente.

Al respecto, Ingrid Ross, directora de la prestigiosa revista Nueva Sociedad, señala en su artículo «América Latina en el juego de las potencias» (enero de 2026): «América Latina atraviesa una fase de redefinición geopolítica marcada por el debilitamiento del derecho internacional. La ofensiva de EE. UU., el avance económico de China y la fragilidad de las democracias regionales configuran un escenario de vulnerabilidad».

Sobre la llegada al poder de sectores conservadores y de ultraderecha, Daniel Zovatto, exdirector de IDEA Internacional y experto en política regional, apunta en su artículo «El mapa político latinoamericano se rediseñó» (La Tercera, 24/04/2026): «La derecha y la ultraderecha emergen como la principal alternativa disponible ante las promesas incumplidas de los gobiernos de la segunda marea rosa y el malestar social. Han sabido capitalizar el rechazo a la política tradicional, la preocupación por la seguridad y la migración con un discurso antisistema que resuena especialmente entre los votantes jóvenes».

Este primer cuarto del siglo XXI en lo político

En lo que va transcurrido del siglo XXI —más de un cuarto de centuria—, la región latinoamericana ha experimentado transformaciones trascendentales en los ámbitos político, económico, social, cultural y medioambiental, con un profundo impacto en sus sociedades.

El primer gran hito, desarrollado entre los años 2000 y 2014, fue la denominada «marea rosa»: una ola de gobiernos de centroizquierda, izquierda y nacional-populistas encabezados por Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, las administraciones del Frente Amplio en Uruguay, los dos primeros mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva y el posterior -no finalizado- de Dilma Rousseff en Brasil, así como Rafael Correa en Ecuador. Si bien durante ese período también coexistieron gobiernos de centroderecha y derecha en países como Chile, Paraguay y Ecuador, además del fenómeno posterior de Jair Bolsonaro en Brasil, la literatura especializada coincide en que no alcanzaron la gravitación ni la hegemonía política de la primera marea rosa.

La segunda experiencia progresista, matizada y de menor intensidad que la primera ola, estuvo representada por administraciones como la de Bachelet II, Alberto Fernández en Argentina, así como en Bolivia, Perú, Honduras, Guatemala y el actual mandato de Lula da Silva. Álvaro García Linera, sociólogo, politólogo (vinculado a FLACSO-Argentina) y exvicepresidente de Bolivia, constata al respecto: «El drama de los gobiernos progresistas es que lograron sacar a millones de personas de la pobreza a través del consumo, pero no las transformaron políticamente. Creamos consumidores con capacidad adquisitiva, pero no creamos ciudadanos con conciencia de clase». A lo planteado por García Linera cabe añadir que, aunque se impulsaron reformas en áreas como salud, pensiones, relaciones laborales y el sistema político, no se logró —tal vez por falta de fuerza o de voluntad política— desmontar el modelo neoliberal consolidado tras el Consenso de Washington en la década de 1980.

La tercera ola, de aparición reciente y con una fuerza inusitada, es la «marea parda» de las ultraderechas continentales. Este fenómeno, vislumbrado inicialmente con la presidencia de Jair Bolsonaro en Brasil (2019-2022), se consolidó con la llegada al poder de Javier Milei en Argentina (2023-), Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador y la gravitación de José Antonio Kast en Chile. En el primer semestre de 2026, esta corriente se reafirma con los triunfos de Nasry Asfura en Honduras, Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en Perú y, como hito culminante de este avance conservador en la región, la victoria electoral del ultraderechista Abelardo de la Espriella en Colombia.

Epílogo

La región se encuentra hoy poblada por liderazgos mesiánicos, antidemocráticos, populistas, autocráticos y salpicados por acusaciones de corrupción. Estas corrientes de ultraderecha, al igual que los sectores conservadores, han contado con el respaldo decidido de la segunda administración de Donald Trump en Estados Unidos, la cual concibe nuevamente a América Latina como su «patio trasero». Se reactiva así una suerte de «Doctrina Monroe» modernizada bajo la premisa de «América para los americanos», emulando el postulado histórico formulado por James Monroe en la década de 1820 (siglo XIX).

No obstante, resulta indiscutible la responsabilidad política que le cabe al progresismo, a la centroizquierda y a la izquierda en este ascenso de la ultraderecha, al no haber promovido con suficiente firmeza las reformas estructurales necesarias durante las últimas décadas ni haber enfrentado decididamente la adversidad política. Salvo excepciones puntuales que han logrado resistir esta embestida —como los gobiernos de Claudia Sheinbaum (y su antecesor López Obrador) en México o el de Lula en Brasil—, el panorama resulta complejo. Para los sectores progresistas, democráticos y de izquierda, la atención se concentra ahora en los próximos procesos electorales de la región (Brasil y de mitad de mandato en los EEUU), de cuyos resultados dependerá el reequilibrio del mapa político latinoamericano.

Jaime Ensignia

Director del Área Internacional de la Fundación Chile 21.