Recapacitar para reactivar

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Roberto Moris, Académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Integrante del Área Ciudad de Fundación Chile 21 y del Foro Ciudad Política

Gabriela Elgueta, Directora Ejecutiva Corporación La Fábrica de Renca. Integrante del Foro Ciudad Política

La reactivación puede ser una herramienta de transformación social en la medida que seamos capaces de entender las complejidades del desafío con franqueza y de replantearnos la forma en que hemos venido funcionando. Nuevas ciudades implican nuevas prácticas que están por descubrirse.

En el acto inaugural del presidente John F. Kennedy en 1961 el poeta Robert Frost con casi 87 años dio inicio a la tradición de incluir un poema como uno de los mensajes del cambio de mando. Con su poema “The Gift Outright” (El regalo absoluto) Frost declamó sobre el territorio que unía a la nación, la tierra de la que no eran únicos dueños, pero que les daba la vida. Que la fuerza no estaba en la propiedad, sino en la entrega.

“Something we were withholding made us weak 

Until we found out that it was ourselves 

We were withholding from our land of living, 

And forthwith found salvation in surrender”. 

“Algo que reteníamos nos debilitó

Hasta que descubrimos que éramos nosotros

Estábamos reteniendo de nuestra tierra de vida,

Y de inmediato halló salvación en la entrega (rendición)”

Robert Frost, The Gift Outright.

Sesenta años después el pasado miércoles 20 de enero, la poeta Amanda Gorman de 22 años accedió a la invitación de ser parte de la Inauguración de Joe Biden. Con su poema “The Hill We Climb” (La colina que escalamos) sintetizó con mucha fuerza una visión de lo que está enfrentando su nación. Con una puesta en escena cargada de contenidos, colores y movimientos de manos, esta joven poeta le habló al país sobre los desafíos del colectivo, haciéndose cargo de la historia y de los dolores y errores de los recientes años.

El notable poema no es solo potente en su mensaje, sino que también lo hace estableciendo diversas conexiones históricas. Donde dice “Hemos aprendido que la tranquilidad, no es siempre sinónimo de paz” (We’ve learned that quiet isn’t always peace) invita a la ciudadanía a estar consciente de lo que está pasando y estar activos, sin quedarse callados. Cuando dice “Y las normas y las nociones de lo que es justo no siempre es así de justo” (…and the norms and notions of what just is isn’t always just-ice), también está diciendo “Y las normas y las nociones de lo que es justo, no siempre es justicia”.

En su mensaje habla desde un “nosotros” que se abre a sus conciudadanos y al mundo. Cuando dice “No porque nunca más conoceremos la derrota, sino porque nunca volveremos a sembrar división” (Not because we will never again know defeat, but because we will never again sow division) está identificando la fractura de la sociedad y la promoción de la división como las bases de la derrota. En su cierre nos motiva a ser valientes en entender nuestra realidad y también en enfrentar nuestros desafíos, dice “Si tan solo somos lo suficientemente valientes para verlo. Si tan solo somos lo suficientemente valientes para serlo” (…if only we’re brave enough to see it. If only we’re brave enough to be it).

Con este rito los Estados Unidos nos recuerda que las elecciones brindan oportunidades regulares para que las comunidades y los países reflexionen sobre sus historias. Son momentos para recapacitar, expresar las esperanzas y plantearse caminos que aprovechen las experiencias. Momentos donde las comunidades actúan al hacerse conscientes de cómo los valores individuales y colectivos impactan en los gobiernos y en el futuro de las naciones.

En tanto en Chile, estamos viviendo momentos de grandes transformaciones en un contexto de alta incertidumbre y expectativas divergentes. En los siguientes dos años tomaremos decisiones que definirán las bases de un nuevo país. En este sentido, la referencia a los poemas nos invita a valorar los diagnósticos, a hacerle frente a los problemas y plantearse un rumbo. A parar un momento y a recapacitar sobre lo que hemos estado haciendo y lo que debemos hacer, como personas y como sociedad.

Tradicionalmente, Chile tiende a repensarse un poco cada vez que cambia de gobierno, pero ya sabemos que la tendencia a no cambiar mucho las cosas nos regaló el ticket para el estallido social. Cabe preguntarse, cuánto realmente estamos asumiendo nuestra nueva realidad y cuánto estamos dispuestos a transformarla. Los cambios constitucionales y a la institucionalidad subnacional constituyen una oportunidad histórica para hacerlo hoy.

Otra tradición, es que el año se inicie en febrero. Durante enero el país aún está corriendo para cerrar el año anterior, con la expectativa de que las vacaciones nos ayudarán a prepararnos para enfrentar el año. Este verano será muy especial porque se suma el cansancio de 14 meses extremadamente intensos, donde la mayoría de las personas e instituciones han debido reorganizar sus vidas y recursos para salir adelante. Cabe pensar entonces, en las reales capacidades que tenemos para enfrentar lo que viene ¿Cómo podríamos ser capaces de medir nuestro desgaste, considerando los ámbitos económico, social, emocional, afectivo, entre otros? ¿Cuánto se está afectando nuestra resiliencia? En el contexto actual la resiliencia es un activo en expansión, ya que esta capacidad es algo que marcará las diferencias de una manera más radical. Este periodo de crisis generará cambios estructurales y habrá territorios ganadores y rezagados de distintos tipos.

Desde el enfoque de resiliencia, una de sus características aplicables a personas, instituciones y/o territorios es la reflexividad, es decir la capacidad de aprender del pasado para adaptarnos a la nueva realidad. Así una de las formas de poder prepararnos debería ser tener claridad sobre la situación en que estamos y cómo hemos llegado hasta aquí. Para recapacitar y plantearse caminos concretos de avance que aprovechen los recursos, talentos y capacidades con las que ya contamos. En un contexto actual donde nos enfrentamos a múltiples crisis, es pertinente comprender en profundidad nuestra situación y plantearse una manera multidimensional de abordarla. 

Las formas en que reaccionamos a las emergencias han condicionado nuestros procesos de recuperación, en esta pandemia eso ha quedado de manifiesto tanto a nivel sanitario, como en la asistencia social y en la reactivación económica. Por ejemplo, un indicador interesante de nuestra capacidad instalada y de la forma en que estamos respondiendo a la crisis del Coronavirus es la demanda de camas críticas y los traslados aéreos.

Hasta el jueves 21 de enero se sumaban ocho jornadas en las que se contabilizaban más de mil pacientes en camas críticas en el país. Con una ocupación de las UCI y UTI del 92% nivel nacional, incluyendo a pacientes COVID (56%) y no COVID (44%). Según los datos del Servicio de Salud Metropolitano Central (SSMC) se han realizado 636 traslados a nivel nacional. Se proyecta que enero tendrá más de 90 traslados, lo cual es similar a junio que tuvo 95 y octubre con 90 traslados.

Estas cifras dan cuenta de las limitaciones regionales para dar respuesta a situaciones críticas. Si bien el rol de Santiago como respaldo del sistema nacional puede ser eficiente, ya que optimiza el uso de las camas disponibles, también implica dependencia de las regiones y una serie de externalidades que no sabemos si están siendo contabilizadas y consideradas en la toma de decisiones. Todo esto en coherencia con un modelo de alta concentración, que está en contradicción con el proceso de descentralización que está en marcha. En este sentido, hacer revisión crítica de nuestra capacidad instalada y de la forma en que estamos haciendo las cosas, nos permitirá abordar las distintas crisis (social, sanitaria, económica y climática) con un mayor nivel de conocimiento y preparación para una reactivación económica inclusiva y descentralizada. Necesitamos entonces, re-capacitarnos.

Una referencia es el trabajo realizado en el Foro Ciudad Política que reúne a más de 150 personas interesadas en incidir en la necesaria evolución de nuestras ciudades y en la construcción de una sociedad más justa e inclusiva. En este marco se han generado una serie de propuestas de temas que deberían llamar nuestra atención respecto de entender el proceso de reactivación como una herramienta de transformación de la economía urbana con sentido de equidad y de emergencia climática. Es decir, aprovechar la crisis para enmendar el rumbo.

Este grupo plantea la necesidad de aspirar a reactivar la economía urbana considerando debidamente su diversidad y complejidad, ponderando los impactos que ha tenido la pandemia y sus claros nexos con la desigualdad social y urbana. Para esto es necesario transparentar, humanizar y territorializar la diversidad y los nichos de la economía urbana que fueron afectados significativamente. Esto incluye acciones tradicionales orientadas al empleo masivo, la infraestructura y las grandes empresas, pero de ninguna manera se deben acotar a esa faceta, sino también actuar en la esfera local recuperando y reviviendo la micro economía del país con realismo e integralidad.

A partir de acciones más integrales, deberíamos reactivar territorialmente la economía urbana con sentido de equidad y diversidad, reparando los daños de la pandemia al tejido socio-económico fortaleciendo la resiliencia de las personas y sus barrios, a partir de reducir sus vulnerabilidades económicas marcadas previamente por las desigualdades urbanas. La experiencia de enfrentar una pandemia en un contexto de profunda desigualdad urbana implica un aprendizaje individual e institucional, de manera de enfrentar la eventual segunda ola del coronavirus o incluso de emergencias sanitarias y sociales similares en el futuro con mayor resiliencia, sin los mismos sesgos y desigualdades seculares en que estábamos el 2020 en Chile cuando todo estalló.

De este modo, la reactivación se plantea como una herramienta de recuperación de las actividades económicas urbanas previas, perdidas o constreñidas, pero también como una intervención inteligente con sentido público de transformación social y económica, con especial atención en lo local en las escalas comunal y barrial, entendidas éstas como la llave maestra para lograr reparaciones profundas de la ciudad real, que experimenta cotidianamente la exclusión social y que es la más golpeada por la pandemia.

La pandemia también ha develado la precariedad económica en que se encontraban los trabajadores chilenos, con altas tasas de informalidad y sin adscripción a un sistema de seguridad social. Hoy cerca del 30% de las y los trabajadores urbanos no están empleados, afectando especialmente a mujeres y jóvenes. Una cosa es trabajo y otra es empleo. Estos trabajadores generan ingresos en el mercado informal de la economía y no han podido acogerse al seguro de protección del empleo que se adoptó durante la pandemia, presionando, por lo tanto, fuertemente la asistencia social de las municipalidades, las que han visto disminuir sus recursos para compensar el frágil modelo económico sobre el cual hemos construido nuestras ciudades.

Por otro lado, el escenario urbano del trabajo y los soportes de los desplazamientos con objetivos laborales han sido remecidos por la pandemia de un modo inédito a nivel mundial, como no ocurría desde fines de la segunda guerra mundial, y que los efectos de esta contracción de la ciudad sobre la generación de ingresos ha sido muy fuerte,  lo que en el caso de Chile tuvo un gran vector de vulnerabilidad en la desigualdad, segregación y sub dotación de equipamientos instalada en la urbe donde viven las mayorías de población en edades activas y los miembros dependientes de su ingreso.

Una reactivación integral y efectiva exige instalar nuevas prácticas de gestión institucional y colaboración transversal, tanto a nivel de gobierno sectorial, regional y local como de la ciudadanía, academia y entidades no gubernamentales, con perspectiva amplia y científica, sin sesgos políticos ni pre conceptos económicos reduccionistas. A partir de entender que el elevado PIB per cápita previo se esfumara en la microeconomía y cotidianidad: identificando territorios, segmentos, y actividades que fueron golpeados, levantando proyectos adecuados, diversos, y rápidos, con un seguimiento de la ejecución e impacto medible y verificable.

A las ciudades y barrios de Chile no les bastan solamente los traspasos de recursos públicos a empresas para obras de infraestructuras, por muy movilizador de empleo masivo coyuntural que sea, más aún ideado desde una lógica sectorialista, con miles de supuestos frágiles, se requieren además transferencias directas a las municipalidades para la dinamización del comercio local y la regeneración urbana de los barrios que impacten la vida real de las personas.

El abordaje de la sindemia (superposición de pandemias y otras crisis) plantea desafíos de enorme complejidad en los grandes centros urbanos, como Iquique, Antofagasta, y las áreas metropolitanas de Valparaíso, Santiago y Concepción, donde sucesivamente se han manifestado indicadores de contagio, mortalidad, desempleo y contracción económica derivadas de la pandemia. También deben ser parte de una reactivación inteligente los territorios que se mostraron como refugios de normalidad frente a la globalización de la pandemia, donde muchos son circuitos de localidades de menor escala urbana y rural, ignorados por décadas tanto por la inversión pública como privada pese a plantear importantes oportunidades para el asentamiento humano y emprendimiento.

En definitiva, la crisis múltiple que nos golpeó abre oportunidades para aumentar la resiliencia de nuestras ciudades y sus habitantes, transformando los barrios a través de políticas robustas basadas en la comprensión de la realidad, con mirada de largo plazo, pero con acciones – en el corto plazo- que inciden de forma eficiente y eficaz en los requerimientos de adaptación, mitigación y gestión de riesgos de desastres, a los cuales Chile ha adherido, y que ha plasmado en diversos documentos nacionales de amplio consenso, como los desarrollados al alero del Acuerdo de París y de la COP25, donde la formulación de estrategias de reactivación y adecuación de factores de riesgo será un requisito fundamental.

La reactivación puede ser un proceso que ayude a la recuperación del país real y completo, mostrando con ejemplos concretos cómo acuerdos transversales y el diálogo público-privado ponen el interés público al servicio de los más vulnerables, mostrando que es posible cambiar la realidad y aumentar la cohesión social. Esperamos que como dijo Amanda Gorman, seamos lo suficientemente valientes para verlo y lo suficientemente valientes para hacerlo.