Presidencial a cinco o más carriles

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Las viejas lógicas van muriendo. Una de ella es la hegemonía de bloques políticos que aseguraban candidaturas fuertes sustentadas en una matriz de inspiración binominal anclada en el relato izquierda-derecha. El escenario político social es hoy diferente en gran parte gracias a la fuerza popular que floreció en el estallido social de octubre del 2019 junto con el rejuvenecimiento del elector.

Boric y Sichel son los primeros formalmente en carrera. Si bien el momentum del triunfo en primarias les otorgó una ventaja sólida, el grueso de las nuevas y nuevos competidores que se sumen no entrarán para carreras simbólicas. Lo harán instalados en una pista nivelada para al menos cinco candidaturas con posibilidades reales. Kast tendrá la posibilidad de crecer gracias a Sichel, mientras Boric, una candidata de Unidad Constituyente y la Lista del Pueblo se repartirán otra gran porción de electorado. Margen para nuevas candidaturas sorpresa todavía hay. Esta elección se parecerá más a la de gobernadores incluso en la posibilidad de una segunda vuelta sin la derecha.

Para llegar a gobernar el país post Constitución de Pinochet, lo clave será la capacidad que los amplios mundos políticos tengan para ser competitivos sin destruir a sus adversarios. Quienes pasen a segunda vuelta es probable que lo hagan con márgenes cercanos al 20% y para ser victoriosos necesitarán la ayuda del resto. Si bien parece obvio, no lo es. El ambiente pre y post elecciones primarias se llenó de traiciones, fanatismos, agresión y maltrato. Por mucho tiempo y para justificar agresiones se instaló esa declaración llena de testosterona de que la política es “sin llorar”. Nada más errado y peligroso. Se normalizó que golpes durante etapas electorales siempre se perdonaban al momento de trazar una ruta hacia el poder.

Mientras Sichel, Kast y sus electorados se abrazarán para correr juntos de llegar a una segunda vuelta, el panorama en el mundo de la amplia izquierda no cuenta hoy con las condiciones mínimas de convivencia para asegurar lo mismo. Ahí se debe dejar de justificar la agresión como medio para transformar las elecciones en rituales de consolidación de identidades particulares. No hay margen para tal grado de mezquindad. Lo que hoy está en juego es el rumbo del país en el momento histórico más relevante de nuestra historia moderna, acosado por el dolor y las heridas de un país que es más pobre, desigual e inseguro que pocos años atrás.

Sobreponer el cálculo político sobre el bien común es un arma letal y cómplice de un nuevo posible éxito de la derecha, de la desigualdad y el mal gobierno. Las dirigencias políticas tienen la última posibilidad de volver a ser útiles en la lucha que la ciudadanía viene liderando por años en pos de la igualdad para adelantarse a los problemas del mañana con decencia. Urge que estén a la altura y lo hagan honrando el privilegio de contar, todavía, con algo de confianza.

Por Eduardo Vergara, director ejecutivo de Fundación Chile 21, en La Tercera